Wednesday, February 2, 2011

EL Poder de Maria










 Estuvo en la alegría o en la tristeza, que tu santo nombre sea bendito, ¡Señor! Sea que yo esté en la angustia o en la paz, sea bendito tu santo nombre, ¡Señor! Porque yo sufra o porque goce, que tu santo nombre sea ben­dito, ¡Señor!
Y oí una voz que me decía: ¡Abandono, Abandono!...
Pero, Señor, dame paciencia de una o de otra manera; va no puedo más... Y oí otra voz que me decía: Aquel que es dueño de la enfermedad, lo es también de la paciencia...
En ese momento me sentí casi fuera de mí misma y no pen­sé más que en mis sufrimientos, en mi cobardía...
Enseguida me pareció ver una procesión de niños. María la encabezaba delante. Una multitud de estrellas, parecidas a las antorchas encendidas, se agitaban, marchaban delante de ella. Vi que al mismo tiempo iba ella a entrar en un jardín seco. Árboles secos casi todos. Era como un bosque lleno de árboles, muchos más secos que verdes.
Penetró ella en el bosque. Un árbol caído a la entrada; esta­ba verde. Ella lo frotaba entre sus manos y se lo llevó. Cantos del cielo se dejaban oír. La tierra y la yerba donde ella mar­chaba reverdecían, se humedecían nada más ver su sombra.
Me parecía que las montañas la saludaban a su paso. Las aguas de los canales se multiplicaban; las fuentes que vi da­ban más como en sifón, estremecidas de júbilo. Su sombra hacía que la tierra se estremeciera. A su sombra se cubría de verdor. El enemigo huía delante de ella, como huye delante de Dios. María volvió a su puesto de la procesión. Las estre­llas la seguían.
Las estrellas significan el amor de Dios, que va siempre de­lante de María. Ella lo hace salir del manantial para dárnoslo a nosotros, porque pertenecemos a María, María pertenece a Dios y Dios le pertenece. Todo se estremece delante de ella. No por ella sola­mente, también por el amor que ella nos trae.

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